85 AÑOS DEL HUNDIMIENTO DEL MANCHESTER. (6 de Abril de 1936)

“A principios de 1936 mi abuela Eulalia tenía 25 años, un marido músico que tocaba el bombardino en la banda del pueblo y se ganaba la vida como albañil, dos criaturas con dientes de leche y una máquina de coser que trabajaba a la luz de la ventana entre pañal y pañal.El mismo día en que el invierno se retiraba con excesiva pereza para dejar entrar a una primavera fría y lluviosa, mi abuela confirmó lo que ya sospechaba desde hacía meses, que otra criatura venía en camino y que ni su máquina de coser ni el sueldo de albañil de su marido serían suficientes para alimentar un nido de bocas hambrientas. Así que pensó toda la mañana al ritmo del sonido de su máquina, buscando la solución antes de anunciar a su propio marido el problema.No tardó en encontrarla, y fue casi con clarividencia: al día siguiente hablaría con Andrés López, el Faragullo, para pedirle que enrolase a su esposo en su nuevo barco, el San Andrés, conocido por el Manchester, que llegaba cada día a puerto con la cubierta rebosante de pescado y mantenía a flote a varias familias del pueblo.España estaba a las puertas de una Guerra Civil que devastaría el país llevándose centenares de miles de vidas, arrasando los campos de alimento y quemando cualquier esperanza de paz.Pero, en la mañana del 6 de abril de 1936, mi abuela estaba a las puertas de otra guerra todavía más cruel e impredecible para su vida.En plena madrugada, cuando mi abuelo subió por primera vez al Manchester con la inquietud de un principiante, entraba por la ría un frío de Nordés que congelaba las manos de los marineros más curtidos. Los chillidos de las gaviotas jaleadas por su sed de primavera anunciaban el principio de un día interminable.El San Andrés salió de la ría de Cedeira y en apenas unas horas toda la tripulación estaba echando al mar las redes recién reparadas por sus mujeres.Mi abuelo Paco trabajaba contento. Sus manos de albañil tenían también habilidad para soltar el aparejo con confianza. Y toda actividad nueva infunde esperanza de futuro, aunque este futuro tenga los minutos contados.Al terminar de levantar, José Pita descansaba en la proa del barco con ansia por llegar a puerto. Canturreaba y bromeaba con sus compañeros.José Iglesias Cardamas, estiró la espalda cargada por el trabajo, secó sus manos al viento y decidió bajar a la bodega para fumar un pitillo.La caldera se había quedado sin agua y llevaba quince minutos recalentándose al vacío. José Pita avisó a Sedes, el maquinista, que la caldera estaba seca, y este cargó un cubo de agua para enfriarla de golpe.Unas décimas de segundo es lo que necesita la fatalidad para sembrar la muerte del que se encuentre en su camino.La caldera del San Andrés reventó abriendo las puertas de un infierno que se tragaría la vida y esperanza de 22 familias cedeiresas.Algunos, los más afortunados, morían sin enterarse, alcanzados a una distancia perfecta por la onda expansiva. A otros, más cercanos a la caldera, esta onda los tumbó con un violento dolor que cubría de sangre los restos de la nave.Sedes perdió la vista al instante y no paraba de gritar mientras la mayoría de sus compañeros ya no podían ni oírlo. El pitillo que bajó a fumar José Iglesias Cardamas a la bodega lo resguardó de la explosión.Emilio López Rodríguez, consiguió evitar las heridas más graves y escapar buceando hasta ser rescatado.En ese momento mi abuelo Paco dejó de existir para siempre mientras mi abuela cosía nerviosa al descompás de un lúgubre presentimiento.Llaman intensamente a la puerta:

  • Eulalia, el San Andrés acaba de sufrir un accidente en alta mar y están intentando rescatar a los marineros

El aire se corta y Eulalia no consigue domarlo y llenar sus pulmones. Abre la boca como los peces que se ahogan en cubierta, sin poder emitir ni un leve sonido. El corazón no consigue bombear la suficiente sangre que su cerebro necesita para procesar esta información, que probablemente no sea más que una broma, un malentendido, una pesadilla. Su aliento sale en forma de súplica

  • ¿A todos? ¿Los están rescatando a todos?

Pero no obtiene respuesta. Y, tras un instante de silencio:

  • Sólo a los supervivientes. Es mejor que cojas a los niños y vayáis al ayuntamiento. Allí se están reuniendo todas las familias a la espera de que les devuelvan sus cadáveres.

Así se termina la vida. A veces en un parpadeo. A veces en un zarpazo. Y el resto, todo lo que nos rodea, las casas, las calles, los gritos de los niños, el sonido de las ruedas de carro tirado por caballos, el viento que se cuela entre los maineles, la boina colgada tras la puerta, deja de tener sentido. Son objetos anodinos suspendidos en un aire irrespirable.¿Cuánto tiempo tardó mi abuela en dejar de temblar lo suficiente como para que su cerebro recibiese el oxígeno para poder pensar? ¿Cuánto tiempo tarda la vida que patalea en tu vientre en advertirte de que la muerte es mucho más débil que ella?Eulalia buscó todas las telas y retales negros que tenía en casa y se afanó en coser, en tan sólo media hora, unas ropas de luto para sus hijos. Chita, la mayor, de apenas 3 años de edad, no dejaba de llorar. Ricardo, de dos años, se arrancaba una postilla de la frente y se embadurnaba la cara con su propia sangre. Todo a su alrededor se había conjurado para imitar el infierno de Dante, y cuanto más ardían sus llamas, más rabia crecía en su interior.Vistió a los niños y se fue con ellos al ayuntamiento, donde los familiares de los náufragos esperaban con desesperanza que el mar les devolviese una vida o, al menos, una muerte.Mi abuelo Paco tardó 11 días en aparecer. Cada mañana mi abuela bajaba hasta el puerto para esperarlo, y cada mediodía subía de vuelta a casa un poco más sola, tejiendo una bola de rabia en su interior que crecía al ritmo que secaba sus lágrimas y la acorazaba con una fuerza sobrehumana.La noche del 17 de abril de 1936 mi abuela se despertó sobresaltada. Sobre la espalda de su hijo Ricardo, yacía una mano azulada de náufrago que empapaba su ropa. Eulalia la miró fijamente hasta que desapareció. Entonces despertó a su hijo de dos años y le dijo: “tú padre quiere que te hagas cargo de la familia”. Y durmieron abrazados hasta el amanecer.Por la mañana llamaron a su puerta con una noticia para la que ya llevaba varias horas preparada.

  • Eulalia, apareció el cuerpo de Paco. Lo están subiendo ahora al muelle. Si quiere darme el mejor traje que tenga, lo vestiremos antes de meterlo en el ataúd.

Su voz fue seca y desafiante.

  • Me he quedado sin nada. El mejor traje de mi marido lo necesito para coser ropa para mis hijos. Él ya no lo necesita. Lo enterraré como se fue.”

Alicia Freire – 6 de Abril de 2021Hoy, exactamente 85 años después de la tragedia del Manchester, he querido rememorar la historia en honor a la mujer de hierro que esparció sus fortísimos genes y su carácter a sus descendientes. A mi padre Ricardo Freire. Mi tía Chita y mi tío Paco, la luz que venía iluminando el camino desde su vientre. A mis primos Marisa, Víctor y Javier, a Paco y Mirian, a mi hermana Charo y a mí, y a todo el río de sangre luchadora que correrá siempre por las venas de la familia.En el barco San Andrés, el día de la tragedia, iban 22 marineros que vivieron el mismo infierno y corrieron distintas suertes.Cada uno de ellos tenía una historia detrás. Una familia que los quería y los esperaba de vuelta y a la que le cambió para siempre la vida.Seis de ellos murieron en el accidente. 16 sobrevivieron llenos de dolor y traumas físicos y psíquicos intransferibles en una época en la que las personas sólo conocían dos estados de ánimo: estar vivos o estar muertos.Yo he podido contar la historia particular de mi abuelo Paco, Francisco Freire Cheda. Pero el resto de historias sólo pueden ser contadas por los descendientes del resto de la tripulación. Me encantaría que, si alguien la recuerda, la escriba aquí abajo en honor a los que sufrieron la tragedia.Algún superviviente, del cual desconozco el nombre, emigró a Uruguay y abrió un bar al que llamó El Manchester. Dicen que era el mejor bar del barrio, en el que, si pedías un café, te lo servían bien grande y generoso, con un zumo de naranja y una trufa. Apenas hace dos años que cerró.Gracias a mi madre Iris Mabel Vera Gutiérrez y a mi prima Marisa Pacin por irme relatando la historia a lo largo de los años.Gracias a Cruz Lopez por la organización, la dirección y la gran idea de este encargo. Y por su privilegiada memoria y capacidad de trabajo, que es capaz de coordinar los miles de relatos que se esconden y se entrecruzan en el pasado de Cedeira.

LOS NOMBRES DEL MANCHESTER-

El armador del barco, el propietario, era Antonio López López, conocido como el Faragullo.- El patrón del barco era Jesús Pérez Docampo, padre de María Jesús del Badulaque.- Su hermano, Manuel Pérez Docampo, conocido por “el Caudillo”, fue uno de los supervivientes.Emilio López Rodríguez, padre de Menexos, consiguió escapar de las heridas más graves buceando hasta la lancha de rescate.Mi abuelo, Francisco Freire Cheda, se murió en su primer día de marinero.- El maquinista, José Sedes Nebril, quedó ciego en el accidente.- Su hermano, Pedro Sedes Nebril, también iba en el barco.Otros tripulantes fueron:- José Iglesias Cardamas, el Lano, padre de Carmiña, abuelo de Ángel rubio, se salvó de la muerte por bajar a fumar un cigarro a la bodega.- Andrés Vilela Freire, abuelo paterno de Cristina Fragueiro y bisabuelo de Fabián.- Francisco Iglesias.- Juan Valcárcel Freire, marido de la señora Isolina, también costurera, y tío de Calel.- Jesús Pérez Nebril, de los Farelos, conocido como Jesús de Matilde.- Manuel Rodríguez Iglesias.- Nicolás Lourido Taracido.Benigno Mosquera Díaz, “o Sonoro”.José Bouza Sandomingo, abuelo del Sabino.José Pita.Francisco Iglesias.

Texto: Alicia Beatriz Freire Vera

publicado no grupo de facebook “Historia de Cedeira en Fotos”.

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